domingo, 5 de junio de 2016

FREAK SHOW YOKNAPATAWPHA

                       THE SOUND AND THE FURY


Hablar del legado de Faulkner en el cine es hablar de un testimonio finito, tras un par de intentos de traslación a la pequeña pantalla se reduce al recuerdo de un emergente y depredador Paul Newman dando la réplica al texto, a Welles y a su futura esposa en aquel "Largo y cálido verano" de 1958. Décadas y décadas después la demanda cambia de bando como cabría esperar y los dramas sureños dejan de ser un reclamo a excepción de alguna que otra aparentemente "honrosa" propuesta (la de Kathy Bates y sus reformas hogareñas), adaptando en la medida de lo posible el código precedente a su propio tiempo en lo que hoy nos parece toda una vida, los años pasan volando. Y sin que podamos explicárnoslo a ciencia cierta James Franco está tratando de recobrar el testigo de todo aquello partiendo del 2013, en un lapso que bien podría reconocerse como el punto de partida de una carrera inexistente como cineasta a los ojos de cualquiera que se preste a mirar. Sin éxito y sin fortuna, la decadencia del actor tras las cámaras cada vez se siente más evidente, antes de jugarse el todo por el todo en este 2016 disfrazándose de Tommy Wiseau. Por suerte juega en las lides de las celebridades, y como tal con fieles dispuestos a sacrificarse en nombre de alguien que se considera convencido de lo que hace. Convincente en medida de lo que paralelamente transcribe al amparo de un tic y un tac sin interés de reportar beneficios, 
al ilustre o al ilustrado.

 
                                                 
The sound and the fury es el producto del afanado literato que otorga justa importancia a sus fuentes, si Franco ocupa más espacio en la lectura que en sadomasoquismo es un misterio, pero lo que queda claro es que existe una disposición de fascinación, particular e incontenida, por la obra del poeta. Casi tan deudora del formalismo del meridiano del siglo XX como de la "nueva" vertiente espiritual encabezada por maestros como Malick, casi nada al arrojo de un despunte estético en la retícula del cine independiente americano, con sus peores costumbres y pertrechada por innumerables flashbacks en busca de la ruina o el derrumbe de un presente que toca fondo con nada nuevo acto. Tres, para ser exactos, servidos para configurar y conferir un orden de patrimonio al intraducible mundo del material base, cada uno con su entidad y motivaciones básicas, generalmente acordonadas en torno al hermano de turno y a su naturaleza conductual. Así, Benjy es delirio, Quentin desesperación y Jason violencia. Sin pasar por alto su contexto cívico e histórico, James parece más decidido a resaltar la interiorización de sus personajes tal como Faulkner los imaginó y tal como ya lo hizo en  As I Lay Dying, dando lugar a un fresco y ameno cuento pormenorizado de extremos contrapuestos que van desde el arrebato al desenfoque, del susurro al grito ahogado y de la histeria a la liberación. Incluyendo curiosos y cómicos guiños a su "crew" (Rogen y McBride) mediante cameos que en manos de otro se destacarían como parte de un recurso habitual de un director único en su especie.


                                             

Y los que todavía crean que esto sigue sin dar resultado siguen teniendo razón, pero por el momento sobrevive al recuerdo de Newman. En las antípodas de la autocomplacencia, el que ya fuera la némesis de Spider-Man ha ideado un cosmos lejos del homenaje que ambiciona del mismo modo que su autor conectar con el ruido y la furia de una estirpe en extinción, hendida y aprisionada por su orgullo de título, su amor prohibido o su completa  ignorancia más allá del olor de los árboles.



NOTA: 6/10